lunes, 26 de septiembre de 2011

Pleno siglo XXI

Susan pensaba acerca del origen de la Tierra y todo el proceso de evolución que había sufrido hasta lo que era ahora. Pero, ¿hay una teoría para definir la sociedad actual? ¿alguien es capaz de definir a las personas de hoy día?.
Meditaba acerca del comportamiento del ser humano de hoy en día y lo comparaba con el comportamiento de los habitantes de otras épocas. ¿Siempre habíamos sido increíblemente egoístas? La respuesta era sí. El dinero es poder, y eso había sido así desde que el mundo era mundo.
En la sociedad actual no importaba que millones de personas no tuvieran un hogar o simplemente algo que llevarse a la boca, lo imprescindible era tener el último modelo de la última chorrada que se le ocurría al ser humano, costara lo que costase.
¿Era esto justo? – se preguntaba continuamente.
No lo era. Susan lo sabía perfectamente e intuía que el resto de la humanidad también, solo que preferían no pensar en ello.
La sociedad actual se basa en el consumo, pero el problema es que no todo el mundo puede consumir. ¿Cuál es la solución?
¿Por qué? – era la pregunta.
Susan se martilleaba las sienes continuamente con el mismo razonamiento. Una pregunta tan sencilla con una respuesta increíblemente difícil e imprecisa.
¿Somos felices así? – volvía a preguntarse - ¿o sólo consumimos para suplir otras carencias de las que nos hemos privado nosotros mismos?
Una sociedad agresiva, consumista, poderosa, entusiasta y egoísta. Todos los días los periódicos bullen de información pero nunca hay ningún titular del tipo: Señores, este planeta que estamos creando se va a pique.
Y, ¿cómo en pleno siglo XXI, con tantísimos avances en todos los campos, con tantísimas novedades, Susan tiene estos pensamientos?
Es sencillo, aunque quizá para algunos de ustedes no lo sea. La respuesta es: porque el ser humano se ha vuelto egocéntrico, egoísta. Nos los hemos creído demasiado.
Hay que vivir el día a día, cierto, pero si no hacemos grandes cosas en el día a día, ¿cómo esperamos un gran futuro?
¿Queremos dejarles un mundo así a los futuros habitantes del planeta? ¿a nuestros hijos, nietos, biznietos, y demás descendientes?
Cuando Susan echaba la vista atrás pensando en lo que estudiaba en la clase de Historia de su instituto, solo le venía a la mente dos palabras: guerra e injusticia.
<> – se decía ella - <>
Y, ¿cómo puede ser que con la cantidad de información que manejamos los humanos actuales perdure la ignorancia como si nada?
¿Por qué sigue habiendo hambre, injusticias, terror, egoísmo y guerras? La evolución no avanza. Los seres vivos más inteligentes al fin y al cabo son los más ignorantes.
<> - finalizó Susan.
Abrió la puerta del pequeño apartamento, bajo las escaleras corriendo y salió a la calle. Respiró el aire fresco y miró a su alrededor. Centenares de personas llendo a trabajar, viniendo de una reunión quizá, de camino al colegio… y gritó:
- VIVIMOS EN UN MUNDO QUE ESTÁ TAN VIVO COMO MUERTO.
Nadie parecía haberla oído. Definitivamente, el mundo estaba mucho peor de lo que pensaba.

martes, 13 de septiembre de 2011

Ave fénix

El hombre, único ser que tropieza siempre con la misma piedra.
Sabe que va a tropezar, que se volverá a hacer daño.
Pero no le importa cuán dura será la caída, porque la ilusión
y el amor son como un ave fénix, renacen de las cenizas.

martes, 5 de julio de 2011

Esa sonrisa. Esa sonrisa llena de luz, de calor, de sueños y emociones
aún por vivir. Su voz, la calidez con la que pronuncia cada palabra,
que hasta la cosa más insignificante parece toda una declaración.
Y sus ojos, dos faros en mitad de una noche cerrada que iluminan hasta el infinito. Una mirada misteriosa,alegre y cariñosa.
¿Por qué las horas pasan tan rápidas cuando estás junto a esa persona?
¿Por qué me he enamorado de cada una de las partes que le componen?
Su corazón, el objeto más valioso que he poseído nunca. No se puede tasar,
no hay dinero en el mundo para comprar tanta belleza.

martes, 21 de junio de 2011

Adivina, adivinanza.

Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací,
como fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás
puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso.
Quizá nunca hayan visto un centro penitenciario, y si lo han visto, les vendrá a la mente
la imagen de la alambrada de espinos, muy al rollo americano. Pero no, se equivocan,
la alambrada de espinos es lo que menos asusta de una penitenciaría.
De todas, sin duda, la que más pavor provoca es la mental. ¿Han estado alguna vez sin libertad
mental? Entonces sabrán a lo que me refiero.
El juicio personal, el de uno mismo, es el más crítico de todos, por eso no dudé en dictar
sentencia en mis sienes con la reluciente nueve milímetros.

domingo, 5 de junio de 2011

Fragmento

Todo lo que ocurrió desde aquel día no fue otra cosa más que casualidades encadenadas que empezaron a escribir una historia. Fue hace mucho tiempo, casi treinta años, cuando yo lo encontré entre miles de ellos y empezó todo el embrollo de los mejores y peores años de mi vida a la vez y de sopetón. Claro, que por aquel entonces tenía quince años y ganas de meterme donde no me llamaban.
En primer lugar, debo presentarme, me llamo Armand Poget.
No tengo intención alguna de aburrirles contándoles la fecha en que nací, el lugar, si mi madre murió al darme a luz o si tuve cinco hermanos. Eso no es lo importante de esta historia, más adelante comprenderán lo que les digo.
Yo vivía en París. Corría el año 1889, el mismo año de la Exposición universal que vio nacer la torre Eiffel...

martes, 31 de mayo de 2011

La eterna sinfonía

La delicada melodía sonaba sin cesar. Me costó reconocerla debido a que la oía en la lejanía. Al principio, fui andando en dirección a la música, suaves pero sentimentales notas de un piano, sin duda era Para Elisa, del gran Beethoven. Canción eterna que me producía nostalgia y melancolía en mi interior. La suave marcha hacia la música terminó convirtiéndose en carrera agitada. Hasta que llegué al lugar de donde provenía el sonido. Había corrido por lo menos durante diez minutos, y mi corazón y mi mente, aunque fatigados, solo deseaban entrar en la victoriana casa que se erguía ante mí, imponente, de donde provenía la dulce música. El gran portón, de madera oscura, tenía un gran pomo en forma de clave de sol. Llamé una vez, tímido, nadie respondió. Llamé dos veces. Nada. La puerta se abrió con un quejido, perezosa. Una gran oscuridad poblaba el interior, tendría que ser una equivocación, esa casa parecía abandonada desde hacía siglos. No pude evitar deslizarme dentro, silencioso. Primero di un paso inseguro, pero tenía una corazonada. Rápidamente una seguridad interior que nunca había padecido se apoderó de todo mi ser, y comencé a andar seguro, sin rumbo, explorando cada rincón del centenario caserón. Todo estaba cerrado a cal y canto, como cabía de esperar de una casa deshabitada. Una escalinata de mármol oscurecida por el polvo y la mugre subía hasta el piso superior. Subí las escaleras casi sin pensar, un largo pasillo se abría ante mí, algo amenazador. Una vez allí recobré el sentido, y empezó a invadirme un miedo que me paralizó por completo. La melodía volvió a sonar, provenía de la última habitación del corredor. La voraz curiosidad volvió a hacer presencia y eché de nuevo a andar en aquella dirección. Llegué ante la vetusta puerta de madera blanca lacada, inconscientemente giré el pomo, que cedió con un pequeño ruido metálico. Abrí la puerta lentamente, con miedo.
Allí estaba, una gran estancia vacía con dos únicos objetos en su interior, un gran piano de cola cubierto por una lona blanca y un gran tapiz en la pared. El gran tapiz representaba a una niña de unos siete u ocho años ante un piano de cola, sonriente, en una estancia igual a la que me encontraba, la misma estancia. De repente, volviendo a la normalidad, recordé qué me había traído hasta ahí. La música. Pero, el piano no tenía pianista alguno.
Unos pequeños y acelerados pasos y una lejana risa infantil me sorprendió helándome la sangre.
Salí corriendo del lugar cerrando la puerta con un tremendo golpe, bajé las escaleras como alma que lleva el diablo y salí de allí. Respiré el aire fresco de la calle, algunas personas me miraban de soslayo, con desconfianza, pensando a saber qué.