Esa sonrisa. Esa sonrisa llena de luz, de calor, de sueños y emociones
aún por vivir. Su voz, la calidez con la que pronuncia cada palabra,
que hasta la cosa más insignificante parece toda una declaración.
Y sus ojos, dos faros en mitad de una noche cerrada que iluminan hasta el infinito. Una mirada misteriosa,alegre y cariñosa.
¿Por qué las horas pasan tan rápidas cuando estás junto a esa persona?
¿Por qué me he enamorado de cada una de las partes que le componen?
Su corazón, el objeto más valioso que he poseído nunca. No se puede tasar,
no hay dinero en el mundo para comprar tanta belleza.
martes, 5 de julio de 2011
martes, 21 de junio de 2011
Adivina, adivinanza.
Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací,
como fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás
puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso.
Quizá nunca hayan visto un centro penitenciario, y si lo han visto, les vendrá a la mente
la imagen de la alambrada de espinos, muy al rollo americano. Pero no, se equivocan,
la alambrada de espinos es lo que menos asusta de una penitenciaría.
De todas, sin duda, la que más pavor provoca es la mental. ¿Han estado alguna vez sin libertad
mental? Entonces sabrán a lo que me refiero.
El juicio personal, el de uno mismo, es el más crítico de todos, por eso no dudé en dictar
sentencia en mis sienes con la reluciente nueve milímetros.
como fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás
puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso.
Quizá nunca hayan visto un centro penitenciario, y si lo han visto, les vendrá a la mente
la imagen de la alambrada de espinos, muy al rollo americano. Pero no, se equivocan,
la alambrada de espinos es lo que menos asusta de una penitenciaría.
De todas, sin duda, la que más pavor provoca es la mental. ¿Han estado alguna vez sin libertad
mental? Entonces sabrán a lo que me refiero.
El juicio personal, el de uno mismo, es el más crítico de todos, por eso no dudé en dictar
sentencia en mis sienes con la reluciente nueve milímetros.
viernes, 17 de junio de 2011
domingo, 5 de junio de 2011
Fragmento
Todo lo que ocurrió desde aquel día no fue otra cosa más que casualidades encadenadas que empezaron a escribir una historia. Fue hace mucho tiempo, casi treinta años, cuando yo lo encontré entre miles de ellos y empezó todo el embrollo de los mejores y peores años de mi vida a la vez y de sopetón. Claro, que por aquel entonces tenía quince años y ganas de meterme donde no me llamaban.
En primer lugar, debo presentarme, me llamo Armand Poget.
No tengo intención alguna de aburrirles contándoles la fecha en que nací, el lugar, si mi madre murió al darme a luz o si tuve cinco hermanos. Eso no es lo importante de esta historia, más adelante comprenderán lo que les digo.
Yo vivía en París. Corría el año 1889, el mismo año de la Exposición universal que vio nacer la torre Eiffel...
En primer lugar, debo presentarme, me llamo Armand Poget.
No tengo intención alguna de aburrirles contándoles la fecha en que nací, el lugar, si mi madre murió al darme a luz o si tuve cinco hermanos. Eso no es lo importante de esta historia, más adelante comprenderán lo que les digo.
Yo vivía en París. Corría el año 1889, el mismo año de la Exposición universal que vio nacer la torre Eiffel...
martes, 31 de mayo de 2011
La eterna sinfonía
La delicada melodía sonaba sin cesar. Me costó reconocerla debido a que la oía en la lejanía. Al principio, fui andando en dirección a la música, suaves pero sentimentales notas de un piano, sin duda era Para Elisa, del gran Beethoven. Canción eterna que me producía nostalgia y melancolía en mi interior. La suave marcha hacia la música terminó convirtiéndose en carrera agitada. Hasta que llegué al lugar de donde provenía el sonido. Había corrido por lo menos durante diez minutos, y mi corazón y mi mente, aunque fatigados, solo deseaban entrar en la victoriana casa que se erguía ante mí, imponente, de donde provenía la dulce música. El gran portón, de madera oscura, tenía un gran pomo en forma de clave de sol. Llamé una vez, tímido, nadie respondió. Llamé dos veces. Nada. La puerta se abrió con un quejido, perezosa. Una gran oscuridad poblaba el interior, tendría que ser una equivocación, esa casa parecía abandonada desde hacía siglos. No pude evitar deslizarme dentro, silencioso. Primero di un paso inseguro, pero tenía una corazonada. Rápidamente una seguridad interior que nunca había padecido se apoderó de todo mi ser, y comencé a andar seguro, sin rumbo, explorando cada rincón del centenario caserón. Todo estaba cerrado a cal y canto, como cabía de esperar de una casa deshabitada. Una escalinata de mármol oscurecida por el polvo y la mugre subía hasta el piso superior. Subí las escaleras casi sin pensar, un largo pasillo se abría ante mí, algo amenazador. Una vez allí recobré el sentido, y empezó a invadirme un miedo que me paralizó por completo. La melodía volvió a sonar, provenía de la última habitación del corredor. La voraz curiosidad volvió a hacer presencia y eché de nuevo a andar en aquella dirección. Llegué ante la vetusta puerta de madera blanca lacada, inconscientemente giré el pomo, que cedió con un pequeño ruido metálico. Abrí la puerta lentamente, con miedo.
Allí estaba, una gran estancia vacía con dos únicos objetos en su interior, un gran piano de cola cubierto por una lona blanca y un gran tapiz en la pared. El gran tapiz representaba a una niña de unos siete u ocho años ante un piano de cola, sonriente, en una estancia igual a la que me encontraba, la misma estancia. De repente, volviendo a la normalidad, recordé qué me había traído hasta ahí. La música. Pero, el piano no tenía pianista alguno.
Unos pequeños y acelerados pasos y una lejana risa infantil me sorprendió helándome la sangre.
Salí corriendo del lugar cerrando la puerta con un tremendo golpe, bajé las escaleras como alma que lleva el diablo y salí de allí. Respiré el aire fresco de la calle, algunas personas me miraban de soslayo, con desconfianza, pensando a saber qué.
Allí estaba, una gran estancia vacía con dos únicos objetos en su interior, un gran piano de cola cubierto por una lona blanca y un gran tapiz en la pared. El gran tapiz representaba a una niña de unos siete u ocho años ante un piano de cola, sonriente, en una estancia igual a la que me encontraba, la misma estancia. De repente, volviendo a la normalidad, recordé qué me había traído hasta ahí. La música. Pero, el piano no tenía pianista alguno.
Unos pequeños y acelerados pasos y una lejana risa infantil me sorprendió helándome la sangre.
Salí corriendo del lugar cerrando la puerta con un tremendo golpe, bajé las escaleras como alma que lleva el diablo y salí de allí. Respiré el aire fresco de la calle, algunas personas me miraban de soslayo, con desconfianza, pensando a saber qué.
lunes, 30 de mayo de 2011
Lo más simple
¿Qué es lo más simple de la vida que puede hacernos enormemente felices?
Hay muchas cosas fáciles en esta vida que nos pueden hacer felices,
muchas, muchísimas, incontables. También depende de la persona,
pero hay una cosa que todo el mundo anhela y a veces es muy tediosa de conseguir,
pero cuando lo obtienes, todo lo que has tenido que hacer por ese objetivo
merece la pena.
Quizá ya lo habéis adivinado, quizá no.
Para mí es amar y ser amado. ¿Qué hay más bonito que tener a una persona
a tu lado con la que compartir tu vida?
Una persona a la que dar lo mejor de ti mismo, una persona a la que cuidar,
a la que hacer que esta vida - a veces injusta, a veces sensacional, dura
en muchas ocasiones y radiante en otras - sea un camino inolvidable incluso
después de la muerte.
Porque recordad que si en este mundo hubiera un poco más de amor,
todo sería mucho más sencillo.
Hay muchas cosas fáciles en esta vida que nos pueden hacer felices,
muchas, muchísimas, incontables. También depende de la persona,
pero hay una cosa que todo el mundo anhela y a veces es muy tediosa de conseguir,
pero cuando lo obtienes, todo lo que has tenido que hacer por ese objetivo
merece la pena.
Quizá ya lo habéis adivinado, quizá no.
Para mí es amar y ser amado. ¿Qué hay más bonito que tener a una persona
a tu lado con la que compartir tu vida?
Una persona a la que dar lo mejor de ti mismo, una persona a la que cuidar,
a la que hacer que esta vida - a veces injusta, a veces sensacional, dura
en muchas ocasiones y radiante en otras - sea un camino inolvidable incluso
después de la muerte.
Porque recordad que si en este mundo hubiera un poco más de amor,
todo sería mucho más sencillo.
sábado, 28 de mayo de 2011
Poema
Cuando el Sol llega a su ocaso, los cuerpos inquietos de los viejos amantes se remueven en sus tumbas, y sus espectros,
con las manos entrelazadas,
caminan errantes por los lugares que fueran testigos de su amor.
Lugares donde la atmósfera está impregnada de cariño y sensualidad, y de vez en cuando, en las grises tardes otoñales, algunos han creído oír, sutilmente difuminado en el ambiente, te quiero, te quiero, te quiero...
con las manos entrelazadas,
caminan errantes por los lugares que fueran testigos de su amor.
Lugares donde la atmósfera está impregnada de cariño y sensualidad, y de vez en cuando, en las grises tardes otoñales, algunos han creído oír, sutilmente difuminado en el ambiente, te quiero, te quiero, te quiero...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
